Hace cosa de escasos dos años comencé a seguir este deporte. Me explico, de tercera división. Pero todo tiene una relación, hace dos años mi vida cambió por completo, me convertí de niña a mujer muy rápido, sufrí viendo como lo que más quería se iba debilitando hasta que se fue. Antes, yo sabía que cuando competía miraba a la grada y ahí estaba él, y cuando nos cruzábamos la mirada justo antes de dar la salida mientras me colocaba en los tacos de salida, siempre, siempre me levantaba el pulgar que significaba algo así como "va campeona, tú puedes". A pesar de que a él que me dedicara a pasar vallas no le gustara, sé que estaba orgulloso de mi. Pero de repente, todo fue cambiando poco a poco. Ya empezaba a volver sola de los entrenamientos, ya no venía él a recogerme. Lo asimilé porque sabía que al llegar a casa él estaría ahí preguntándome qué tal fue. Pero un mal día de verano todo eso cambió. Pasó de estar a medias a no estar. No lo quise aceptar y cuando unos meses después me volví a colocar en los tacos de salida con unas cuantas vallas delante de mi, volví a mirar a la grada. Miré y ya no estaba él ahí para levantarme el pulgar y animarme. Ahí decidí dejar lo que más me llenaba, dejé de ser vallista para siempre. Colgué las zapatillas y hasta el día de hoy, un año después. Pero yo tenía que llenar mis fines de semana con algo; cambié el tartán por el césped. Comencé a seguir partidos de fútbol de tercera división. Lo que empezó como algo para evadirme de todos los problemas que tenía encima se convirtió en rutina, ya de miércoles estaba pensando a dónde viajaría esta vez por el que comenzaba a convertirse en "mi equipo". Y pasando frío, calor, lluvia, sol, granizo, lo que hiciera falta, pero yo era feliz. Comenzaba a ser feliz aunque solo fuera durante 90'. Y esta es mi historia con el fútbol y con el que ahora es mi equipo. Sé que no sé nada sobre este deporte, pero sé que estoy dispuesta a animarles como la que más.
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